La sociedad del cansancio, por Byung-Chul Han
Byung-Chul Han, en su libro La sociedad del cansancio, sostiene que el comienzo del siglo XXI se caracteriza por el incremento de enfermedades neuronales (por ejemplo, la depresión), ocasionadas por un exceso de positividad. Así, se empieza a olvidar la dialéctica de la negatividad, la cual es fundamental en la inmunidad: lo otro inmunológico es lo negativo que penetra en lo propio y trata de negarlo. De este modo, la autoafirmación inmunológica de lo propio solo se realiza como negación de la negación.
En realidad, la violencia no parte solo de la negatividad, sino también de la positividad, no únicamente de lo extraño, sino también de lo idéntico. Esta violencia de la positividad, que resulta de la superproducción, el superrendimiento o la supercomunicación, genera agotamiento, fatiga y asfixia ante la sobreabundancia, y se despliega en una sociedad permisiva y pacífica. Por lo tanto, no es una violencia privativa, sino saturativa, no es exclusiva, sino exhaustiva. Así, esta violencia no parte de una negatividad extraña al sistema, sino que es sistémica.
La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, descrita por Michel Foucault como una sociedad de la negatividad definida por la prohibición, sino más bien una sociedad de la positividad de rendimiento caracterizada por el poder sin límites. Sin embargo, el poder no anula el deber, y el sujeto de rendimiento sigue estando disciplinado.
«Los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley. A la sociedad disciplinaria todavía la rige el no. Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados».
Además, Han hace referencia a Alain Ehrenberg, quien sostiene que las enfermedades neuronales surgen allí donde el mandato y la prohibición ceden ante la responsabilidad individual y la iniciativa personal. Por lo tanto, el hombre depresivo es aquel animal laborans que se explota voluntariamente, sin coacción externa. Esta autoexplotación es incluso más eficaz que la explotación ejercida por otros, ya que va acompañada de un sentimiento de libertad.
Además, el consecuente aumento de la carga de trabajo requiere una particular técnica de administración del tiempo y la atención, como lo es el multitasking, el cual constituye una regresión para la civilización, ya que los logros culturales de la humanidad se deben más bien a una atención profunda y contemplativa.
Han relaciona esto con la vita contemplativa, con la cual no quiere que pensemos únicamente en la idea de la filosofía clásica de contemplar algo eterno y perfecto. En esa tradición, contemplar significaba admirar lo Bello y lo Perfecto, considerados invariables y fuera del alcance humano. Sin embargo, Han no quiere quedarse solo en esa idea, sino que le interesa la capacidad de prestar una atención profunda, mediante la cual se puede percibir lo sutil, lo poco llamativo o lo frágil. Sin esta capacidad, la vida de acción se dispersa y se convierte en un reaccionar hiperactivo; así, la pura actividad solo prolonga lo ya existente y provoca que nada se revele en profundidad.
La ausencia de negatividad transforma el pensamiento en un simple ejercicio de cálculo, y la reflexión se vuelve imposible, porque el exceso de positividad permite tan solo el «seguir pensando», mientras que la negatividad del «no …» es un rasgo característico de la contemplación. En realidad, esta negatividad constituye un proceso extremadamente activo que consiste en alcanzar en uno mismo un punto de soberanía. Si solo se poseyera la potencia positiva, se estaría, por el contrario, expuesto al objeto de una manera completamente pasiva. Esto lo relaciona con el relato de Bartleby de Herman Melville, la historia ambientada en Wall Street que describe un mundo de trabajo compuesto por individuos reducidos a animal laborans, donde la fórmula «I would prefer not to» termina representando una forma de apatía que acaba con la vida de Bartleby.
Esta sobreabundancia de positividad produce un cansancio excesivo a solas, el cual aísla y divide. Este es descrito por Peter Handke, quien lo contrapone con el cansancio elocuente, capaz de mirar y reconciliar, y que afloja el constreñimiento del Yo. Ahí, el entre se convierte en un espacio de amistad como indiferencia, donde nadie ni nada domina sobre los demás. Se trata de un cansancio que da confianza en el mundo, mientras que el cansancio a solas es un cansancio sin mundo que termina por aniquilarlo. Así, el cansancio elocuente es cualquier cosa menos un estado de agotamiento en el que uno se sienta incapaz de hacer algo; más bien es un cansancio que inspira y en el que despierta una visibilidad especial.
